Foto: INAMU

Luis Guerrero Ortiz / EDUCACCIÓN

La Habitación, una película canadiense-irlandesa estrenada el 2015 y dirigida por Lenny Abrahamson, cuenta la historia de una adolescente llamada Joy, secuestrada y encerrada en un pequeño cuarto sin ventanas durante siete largos años. Allí tuvo un hijo de su secuestrador, el viejo Nick, cuyos abusos se habían hecho tan habituales que pasaron a formar parte de los rituales que regían la normalidad de sus vidas, tanto como la televisión y los juegos recurrentes con su niño. La película muestra cómo la decisión de escapar de su encierro y romper el círculo interminable de los abusos va a llevar a la muchacha a un drama distinto, cuando ya en libertad sea sometida a miradas y preguntas inquisidoras de su entorno familiar.

Emma Donoghue, guionista del film y autora de la novela del mismo nombre, se inspiró en un caso de la vida real, bastante más grave e impactante que el de su novela. Ocurre que en abril de 2008 Elisabeth Fritzl, de 42 años, se presentó a una estación de policía en Austria para denunciar que llevaba 24 años secuestrada por su padre en el sótano de su casa. Elisabeth había sido torturada y violada sistemáticamente por él durante todos esos años, habiéndola embarazado siete veces.

Esta historia habla no solo de un caso de violación recurrente a manos de un personaje muy próximo, sino también de secuestro y encierro, lo que vuelve imposible la denuncia y deja literalmente a la víctima en un callejón sin salida. Ahora bien, ¿qué pasa comúnmente cuando no hay secuestro pero el abuso sexual ocurre al interior de la familia y es perpetrado por alguien tan cercano como el propio padre?

María Berenice Dias, magistrada brasileña del Tribunal de Justicia del Estado de Río Grande do Sul, lo dice con claridad: «La denuncia es muy difícil, puesto que el crimen no es practicado con el uso de violencia, y cuando la víctima se da cuenta de que se trata de una práctica erótica, simplemente éste ya se ha consumado. La víctima es agarrada de sorpresa y surge el cuestionamiento de cuándo fue que todo empezó, y unido a todo viene la vergüenza de relatar lo que ocurrió, el sentimiento de culpa de que quizá haya sido connivente. Teme ser acusada de haber seducido al agresor, ser cuestionada de por qué no denunció antes. Así, se calla por miedo de ser considerada culpada. Surge entonces el miedo de que nadie crea en lo que dice. Al fin y al cabo, el agresor es alguien que ella quiere mucho, que todos quieren bien, a quien la madre y toda la familia ama y respeta, puesto que generalmente es un hombre honesto y trabajador, mantiene la familia, es estimado en la sociedad y respetado por todos. ¿Quién daría credibilidad a las palabras de la víctima?».

Esta puede ser exactamente la situación de niños y adolescentes abusados por su profesor o por el propio director de su escuela, más aún si se trata de personajes no solo con autoridad ante ellos, sino con mucho prestigio social y, por añadidura, que han sabido darles reiteradas muestras de afecto y confianza o prestarles ayuda efectiva en situaciones difíciles. El «encierro» simbólico se configura con más nitidez cuando la institución educativa se propone a los alumnos como una gran familia, esforzándose por crear fuertes vínculos entre sus miembros y por hacerlos partícipes de un mismo ideal. Entonces, es muy difícil hablar sin sentir que se traiciona al grupo.

¿Por qué es tan frecuente la complicidad y el silencio en el entorno familiar? Según Eva Giberti, destacada psicoanalista argentina, esto ocurre «porque existe la idea de una sagrada familia que no debe dañarse con la verdad de los hechos. Una familia con un padre incestuoso también conforma una familia que abarca la perversión de sus miembros o bien el deseo extremo de lograr mantener la estabilidad económica que se alteraría con una denuncia desencadenante de una acción penal».

La explicación de Giberti nos permitiría entender por qué las recientes y numerosas denuncias de abuso sexual formuladas por diversas promociones de exalumnos del colegio particular Héctor de Cárdenas y que señalan directamente a su director, Juan Borea Odría, pese a dar cuenta de hechos que se habrían reiterado a lo largo de 20 años, recién empiezan a salir a la luz. Hay una perfecta relación con la figura de un padre prestigioso y respetado, de quien depende además la estabilidad económica de toda una institución y de todo el personal que allí trabaja, cuyo descrédito podría traer por los suelos no solo la imagen sino la viabilidad misma de un proyecto educativo auspicioso e innovador.

Es por eso que las denuncias, cuando llegan a producirse superando barreras, tienden a ser minimizadas y los denunciantes enérgicamente rechazados y hasta denigrados. Hablando del incesto, Giberti lo expresa con la claridad y la dureza necesaria en estos casos: «Cuesta tanto creerles a las niñas porque las comunidades no están dispuestas a dejar caer la admiración que se tiene hacia los varones como jefes de familia, el pater, el sujeto nutricio, la figura que mucha gente precisa para adorarla como garante de la seguridad y sostén de las mujeres. Y llega una niña y desbarata todo dejando a la vista que estos sujetos además de delincuentes son capaces de dañar a su prole para satisfacer su afán de poder. Ese perfil de estos varones es muy difícil instalarlo. Llevamos siglos en otro sentido, admirándolos por ser varones. Esa admiración precisa mantenerse. Reconocerlos incestuosos no les dejan margen para la decencia».

Hay quienes han discutido si llevar a los niños a una habitación privada y obligarlos a desvestirse parcialmente para acariciarles los pies, con el pretexto de hacerles cosquillas, no en una sino en repetidas ocasiones, es o no es abuso sexual. Más aún si se propone bajo chantaje, es decir, como una opción para evitar un castigo a consecuencia de una supuesta falta; o cuando los movimientos y el jadeo del agresor revelan el hecho como una actividad masturbatoria. Lo que señala al respecto el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables es lo siguiente:

«El abuso sexual es toda interacción donde se utiliza a un niño, niña o adolescente para la satisfacción sexual de una persona adulta (o de un o una adolescente con diferencia significativa de poder). Se puede producir con contacto físico o sin él, por lo que abuso sexual no solo significa violación sexual sino también tocamientos y otro tipo de interacciones que aunque no incluyan contacto físico constituyen una interferencia en el desarrollo sexual del o la menor de 18 años.  Suele ser perpetrado por personas cercanas a la víctima, inclusive familiares, por lo que sus consecuencias son de especial gravedad».

El abuso sexual  ha sido considerado por las Naciones Unidas como el «crimen encubierto más extendido en la humanidad». Según UNICEF, es tan escasa la proporción de abusadores  que  llegan  a  ser  procesados, que se refuerza la  resistencia  a  las  denuncias bajo el argumento de  que  “no  vale  la  pena  acusar” pues sólo serviría para poner  en  mayor  riesgo  a las víctimas.

¿Cómo podemos evitar que esto ocurra? Una medida legal, que ha sido planteada por varios exalumnos del colegio Héctor de Cárdenas, es la imprescriptibilidad de los delitos de abuso sexual. Como se sabe, por lo general, cuando un niño o niña abusados tienen finalmente el valor y la fortaleza necesaria para denunciar los hechos es cuando ya dejaron de ser niños y el plazo legal para hacer la denuncia ya venció.

Otra acción que considero indispensable es romper los pactos de complicidad, lo que supone hablar fuerte y claro cuando toca hacerlo. Las acusaciones que se han publicado en las últimas semanas contra Juan Borea de parte de numerosos exalumnos han provocado una justificada ola de indignación en los padres de familia del colegio y en la opinión pública, pero no ha faltado quienes han privilegiado la lealtad con el amigo en apuros, presionando de una u otra manera a las víctimas y denunciantes para que no sigan levantando la voz o, peor aún, para que se retracten de sus acusaciones. Hay que comprender la debilidad humana, dicen unos. Todos cometemos errores, dicen otros. No se puede traicionar ni maltratar al amigo, dicen varios, perdiendo de vista que a la luz de los numerosos testimonios, fue él quien la traicionó, abusando de los hijos de sus propios amigos.

Este fenómeno es lo más parecido al síndrome del incesto, una parte de la «familia» se moviliza para proteger al padre, poniendo el daño causado a sus víctimas en segundo plano e indignándose más con las denuncias que con su infamia. Infamia que no dejan de condenar en privado, pero de la que se niegan a hablar en público. Las denuncias no dan cuenta de un sujeto que cayó en el alcoholismo a causa de su depresión y al que debemos comprender y apoyar, manejando su caso con discreción y respeto. Las denuncias hablan de un abusador sexual que perpetró sus actos, como en el caso de Elisabeth Fritzl, de manera premeditada, selectiva y recurrente durante años y con perfecto cálculo.

Los jóvenes que han tenido el valor de denunciar estos hechos ocurridos en su niñez han sido gravemente lastimados en su confianza. El peor espectáculo que podemos darles, ahora que se atrevieron a hablar, quienes compartimos abiertamente la amistad con su abusador, es el del silencio, la indiferencia o el disimulo. Aristóteles dijo alguna vez que era amigo de Platón, pero más amigo aún de la verdad. Si en algo podemos contribuir a reparar tanto dolor causado es a restaurar esa confianza, demostrando con hechos que más allá de esa amistad, traicionada por él antes que nadie, les creemos y que no vamos a encubrir ninguna forma de abuso, así provenga dolorosamente de alguien con quien nos sentimos unidos durante largos años por los mismos ideales.

La lección de esta hora es que nadie puede cometer semejante crimen y ampararse después en la amistad para invocar piedad, comprensión y olvido. La compasión se define como un sentimiento de tristeza suscitado por el padecimiento de alguien y que nos empuja a tratar de aliviar o evitar su sufrimiento. Ese sentimiento, si se lo debemos a alguien, es sobre todo a los numerosos niños, ahora adultos, que han padecido por años el dolor y la vergüenza de estas abominables experiencias que jamás debieron vivir.

Lima, 6 de marzo de 2017

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Luis Guerrero Ortiz
Docente, graduado en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), con estudios completos de maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile, y posgrado en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL). Es profesor principal en el Instituto para la Calidad de la PUCP y consultor de UNESCO en políticas de formación docente. Socio fundador de ENACCION y de Foro Educativo. Ha sido consultor de GRADE (Proyecto FORGE) y asesor pedagógico en el Ministerio de Educación (Despacho del Ministro). Ha sido asesor en la Oficina de Educación de UNICEF y el Consejo Nacional de Educación; y profesor principal de la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE.

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