Manifiesto

0
59
Foto: El Comercio

Jerónimo Centurión / El Comercio

Cada cierto tiempo, sobre todo en los momentos críticos, las fuerzas de la reacción, la inercia conservadora y los oportunistas de siempre se unen para retener el cambio de los movimientos sociales.

No es una novedad. Se les puede identificar por algunos rasgos: se atribuyen la representación nacional (sin haber ganado nunca una elección), son altisonantes (un debate obliga a articular pensamientos, pero ellos prefieren los gritos), utilizan falacias (típico recurso de la propaganda de baja estofa) y ensalzan el miedo como bandera: miedo al otro, miedo a lo distinto, miedo a la elección, miedo al cuerpo y —no es irrelevante— miedo a la alegría. No sorprende que mucha de esta lacra sea instrumentalizada con fines religiosos o políticos. El azuzamiento tiene un fin y alguien quiere la recompensa. Que tenga, mejor, un castigo.

Los derechos no se negocian, no se validan en referéndums, ni están sujetos a opinión. Ese es el punto en el que acaba la discusión. No se discute con el verdugo el derecho a la vida ni con el fariseo el derecho a la información. Si la mayoría piensa lo opuesto, estamos ante un problema de educación cívica, no de leyes. Una idea no se vuelve verdadera porque mucha gente la comparta. Mil marchas no convierten el odio en virtud. El segundo artículo de la Constitución peruana provee superioridad legal y moral a esta posición: “Nadie debe ser discriminado por motivo de origen, raza, sexo, idioma, religión, opinión, condición económica o de cualquiera otra índole”. No aceptamos, luego, infiltración eclesiástica ni coacción católica. Que sea necesario citar a Aristide Briand es un síntoma de lo rezagados que vamos, pero resulta necesario: “El Estado laico, para garantizar su seguridad y su predominio, es por fuerza anticlerical.

Le pertenece, en efecto, oponerse a que la Iglesia, saliéndose de su ámbito religioso e interviniendo en el terreno político, ponga en peligro el predominio del Estado”.

La religión católica en el Perú tiene un problema grave: su estatus intermedio por el Concordato, un convenio firmado por un dictador acusado de asesinatos y desapariciones a horas de dejar al poder. El problema es que esta prerrogativa le permite tratar al país como si no fuera un Estado laico a la vez que se beneficia de una condición legal privilegiada, que incluye gollerías y subvenciones. Se podrían mencionar problemas más urgentes para el clero, como la incapacidad de deslindar de los múltiples casos de agresión sexual a menores. Incluso se podría decir que, con base en silencios y seudosanciones, ha apañado a los predadores y subatendido a las víctimas. En términos morales, como diría Vallejo, están muertos sin haber vivido jamás.

En la orilla allende, varios de los cabecillas de la fachada evangélica deben ser procesados por incitar a crímenes de odio. Otros son delincuentes sin más, embaucadores profesionales que carecen de la más mínima piedad a los que no se les encontrará un gramo de teología en el cerebro. La fe, en el mundo libre, ha encontrado su fuero en la esfera privada, donde aspira al auxilio espiritual. En la esfera pública, en cambio, la religión debe ser resistida, al menos hasta que insista en intervenir en educación y ciencia, por citar dos asuntos de la república en los que poco puede aportar. No vamos a pedir a célibes en túnica consejo sobre reproducción sexual, ni tampoco vamos a analizar los mitos bíblicos como si fueran hechos científicos. La humanidad se ha despercudido, hace muchos siglos, del oscurantismo. Digamos entonces que la literalidad de los fanáticos y el odio de los pastores son un peligro y ante ellos no caben ambigüedades, solo zanjar. Si vuestro infierno existe, ahí arderán; hasta entonces: derecho civil y derecho penal para ustedes.

Finalmente, quedan los miserables, aquellos que buscan medrar de la ignorancia y de la intolerancia con fines subalternos para lograr atención mediática, ganar votos o besar el anillo del poder. El arte de expresar la opinión de un colectivo requiere una mezcla difícil de contundencia con precisión, pero los exponentes peruanos prefieren dejar de lado la segunda para insistir solo en la primera, es decir, lo que sobra. Un consejo al respecto. A las mentadas de madre, a los machitos de balcón, a las marchas del terror, al alarido impúdico, solo se puede responder lo inverso: ideas, información, razones, argumentos. También curiosidad y dudas. Por qué no, flores. Son las armas de la ilustración, las únicas que no avergüenza blandir. Su utilidad o no es en un punto irrelevante. La persuasión racional es una máquina lenta pero eficaz que tiene el mérito de obligar al adversario a aceptar los términos de discusión. El triunfo del atavismo consiste en descender el debate a la creencia. No se discute la creencia ajena; se la cerca, se la domestica, se la encapsula.

El campo de batalla está trazado.

Ellos tienen extremistas de pensamiento medieval, dioses terroríficos que te convierten en sal por ser feliz, amenazas de candelas eternas, condenas hebreas milenarias y un nutrido arsenal de maldiciones, diablos y temores.

Nosotros, al frente, vamos invictos con Voltaire.

Ellos tienen miedo. Nosotros, amor.

No vencerán.

Fuente: El Comercio / Lima, 13 de mrzo de 2017

Dejar respuesta